Cuentos de mis viejos sabios #2: Con fiebre

¡Saludos, estimados lectores!

He tenido algunos inconvenientes, pero al fin les traigo otra historia en “Cuentos de mis viejos sabios”.

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Con fiebre

La fiebre me acosa; tengo un frío que me hace tiritar, pero mi piel arde. Escucho lejanas las voces de mis padres angustiados, siento sus heladas manos sobre mi. Me quema las sienes el pañuelo frío que ponen en mi frente. Mi abuela dice que me deben bañar con agua fría, mi mamá, que con agua tibia. Me llega el olor del ron ¡ sí, del ron! la abuela dice que ponerme ron en los pies me bajará la fiebre.

Para cuando despierto me duele el cuerpo y hay una mezcla de olores en el aire, el alcohol, el sudor y la mezcla de infusiones que apenas tengo memoria de haber tomado.

Me traen otra taza con alguna mezcla de hierbas, la abuela dice que me harán bien. Me vuelvo dormir hasta que me despierta la fiebre otra vez. La fiebre hace que me duelan los huesos, es como si la ropa me apretará, no me deja pensar; es como una niebla que se posa en mis sentidos dejándole fuera de combate.

En el ambulatorio nos han dicho que es viral, pero no me han hecho pruebas de sangre porque se acabaron los reactivos.

Esta vez me ayudan a bañarme con agua tibia, la abuela a perdido esta batalla. No sé en que momento me duermo.

Mamá y la abuela están demacradas, seguro no han dormido nada. Me traen un tazón de caldo de pata de pollo, la abuela ganó esta vez.

Voy recuperando fuerzas, la fiebre se vuelve cada vez más esporádica. La abuela me da un vaso de 3 en 1, le pregunto cómo lo hizo porque la licuadora lleva rota desde el año pasado, me dice que la vecina le regaló la remolacha y le prestó la licuadora.

Las infusiones de angelón y tomillo son amargas, pero me calman la tos mejor que cualquier jarabe. Mamá no se separa de mi, me da miedo que se enferme.

Me da un poco de vergüenza dar tanto trabajo; ya no soy una niña, tengo casi 30 y yo debería cuidarlas.

—Siempre serás nuestra niña aunque tengas 50, así que calla y descansa.—dice mamá arropandome como si fuera una niña pequeña. Siento las lagrimas asomarse, así que finjo dormir. Rezo para estar bien en la mañana.

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La fotografía es de mi autoría

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Cuentos de mis viejos sabios # 1: ¿Existen los ángeles?

¡Saludos, estimados lectores!

Los abuelos son cofres llenos de experiencia y sabiduría; y esta serie de cuentos que inicia hoy, gira en torno a ellos. Espero los disfruten.

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¿Existen los ángeles?

Me senté con la abuela a matar mosquitos en la oscuridad; estaríamos sin luz al menos por dos horas. La abuela no se quejaba, solo se sentaba y esperaba.

—¿Abuela, los ángeles existen?—Le pregunté.

—Yo conocí un ángel —me dijo. Yo no podía ver su rostro en la oscuridad—. Ese ángel me contó de los corazones rotos, me dijo que sanan con el tiempo y yo le creí. Lo que nadie me dijo nunca es que el corazón puede romperse por mil razones y algunas de ellas más graves que el desamor.

Parecía que la abuela se había perdido en sus recuerdos, se quedó silenciosa unos segundos y luego dijo:

—Sabes Carla, quizá no era un ángel; pero se llamaba Ángel.—Se podía intuir la sonrisa en su voz—. Era mi mejor amigo y se alejó de mí por culpa de un rumor.—lo ultimo, lo dijo con voz triste. Luego añadió—: Debes aprender, Carla, que las historias se van tergiversando con el paso de las voces y lo que era azul termina siendo negro. Y no será porque te hayan dicho mentiras, sino porque entendiste mal. Siempre hay voces a tu alrededor diciendo cosas sabias o murmurando palabras con trampas y espinas, pero eres tu quien elige cuales quieres escuchar y las razones por las que lo harás.

La abuela siempre me cuenta cosas sabias. La abuela es la persona más sabia que conozco.

—¡Ay, Carla!–continuó, en tono triste—Resulta que al final las cosas se torcieron y yo perdí a mi Ángel. Por eso, hija, habla siempre las cosas claras, y nunca nunca digas mentiras, no dejes espacio para malos entendidos y así te ahorrarás muchos dolores.

— ¡Mamá! ¡La niña solo tiene 8 años!—Nos sobresaltó la voz de mi madre.

—¿Y qué?—replicó la abuela, pero ya no dijo nada más aquella noche.

Yo no hice más preguntas por miedo a que nos regañaran. Me quedé dormida en la silla y ni me enteré de cuando llegó la luz. Soñé con ángeles hermosos que jugaban en el jardín conmigo y con la abuela.

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Fuente de la imagen: Manos

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