Una triste ficción muy parecida a la verdad

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— ¿Estás viva?—Leí el mensaje en el whatsapp.

Hace meses que no hablabamos, desde que ella se fue del país.

— Eso creo — Respondí y le envié una carita sacando la lengua.

Habíamos sido amigas durante años: fuimos juntas a la universidad, bauticé a su hija y compartimos mil cosas; pero hacía meses que era incapaz de hablar con ella. ¿Cómo explicarle que la sigo queriendo, pero que no me apetece conversar de lo cansada que estoy de caminar al trabajo, del maíz pilado y las sardinas? ¿Cómo le cuento que ya no tengo zapatos y que mi papá toma ajos y plegarias para la tensión? y ¿cómo le digo que estoy pensando cortarme el pelo porque hace mucho que no sé lo que es el champú sin que sienta lastima, sin que parezca que le estoy pidiendo nada?

Mencontó algunas cosas: que ya está fija en el trabajo y que la niña tiene escuela nueva, que su primo José Antonio se va el mes que viene, que su ex quiere irse también y que ella le va a mandar el pasaje a fin de año (a fin de cuentas es el papá de la niña).
Yo le conté algunas cosas: que estoy bien (dentro de lo que se puede), que como todos los días (pero no le dije el que) y que Anacleta (mi gallina) tiene dos pollitos.

— ¿Tú cuándo te vas?—Me dijo de repente

Sentí la rabia punzando. ¡¿Cuándo iba a parar la gente de preguntarme eso?! Debe ser que los pasajes son baratos, debe ser que para irse del país no hace falta plata.

—¿Con qué dinero me voy y para dónde?— respondí pensando que con eso se explicaba todo.
—Pide prestado—me dijo, como si eso resolviera el problema.

Ella lo pintaba tan fácil; claro, a ella le había ido muy bien y en muy poco tiempo.
Quise contarle que Juan y Cecilia se había regresado con las tablas en la cabeza: que no encontraron trabajo, que durmieron en plazas y volvieron más flacos y con algo que se les había roto por dentro. Quise decirle que mis viejos están viejos y que yo no quería pasar por lo que Lourdes, que se había ido y no pudo venir a enterrar a su viejo. Quise hacerla entender que si me iba mis viejos no iban a comer hasta que yo tuviera un trabajo y pudiera enviar dinero. Quise decirle que tenia miedo y rabia porque sentía que todo el mundo me estaba echando de casa, pero no dije nada.

—Lo pensaré. Aun no sé si quiero irme.—fue mi respuesta.
—Pero mujer, ¿a qué estás esperando? ¿Qué es lo que quieres?—podía imaginarmela arrugando la frente y juzgandome por seguir aquí.

Solté un suspiro y di la respuesta más sincera que podía dar:

—No lo sé, Claudia. No lo sé.— y era verdad, no lo sabía; estaba perdida y asustada. Sentí que iba a llorar, que me estaba rompiendo por dentro. —¿Qué quiero?— me pregunté y me sentí angustiada. Pensé en todas las veces que quise algo, en las que soñé con algo y recibí un NO como respuesta. Pero de mis miedos tampoco le dije nada.

—Siempre estás igual— me dijo y yo no respondí; me había quedado sin fuerza y sin ganas de explicar, de justificar, de… de tantas cosas.

Me envió un beso al ver que no dije nada más y se despidió diciendo que me extrañaba.
—También te extraño—fue finalmente mi respuesta.

La tristeza se me quedó en el cuerpo y la pregunta me siguió rondando la cabeza —¿Qué quiero?—la repetía sin respuesta como un mantra muy triste.

Aun me sigue retumbando por dentro, haciendo eco en mi ser y doliendo.



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Fotografía de mi autoría, tomada con teléfono Nokia 111.

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Esta historia es pura ficción y sin embargo es la historia de muchos venezolanos. Yo sigo aquí, luchando con mis miedos y siguiendo adelante.

¡Hermanos valientes, los abrazo!



¡Gracias por su lectura!


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Autor: Isauris

Polifacética: Poesía - Relatos - Naturaleza - Cocina - Música

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