Recuerdos de mi infancia

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Cuando yo era niña la casa siempre estuvo llena de pajaritos, eran la pasión del abuelo y él los criaba. Recuerdo que el año del terremoto de Cariaco en casa teníamos dos docenas de pericos australianos, otras tantas de canarios, media docena de unos pajaritos muy pequeñitos de pico anaranjado (si no recuerdo mal se llamaban «Bengalí»), una pareja de cardenales coreanos, un par de ninfas, algún que otro loro siete colores y hasta un pájaro negro de esos de que abundan en la calle. Seguramente se me olvida alguno más, pero recuerdo que una vez hicimos las cuentas y había en casa unos setenta pajaritos. Se imaginarán que mantener tal cantidad de animalitos era un trabajito arduo y todos en casa pensaban que el abuelo ya se había pasado de la raya.

(También teníamos tres acuarios llenos de peces y un par de morrocoyas, pero de eso hablaremos otro día)

Todas las mañanas se les limpiaba la jaula, se les ponía comida y se les cambiaba el agua. La casa estaba siempre llena de conchas de alpiste, de olor a pajarera y escandalo de pericos; pero también estaba llena de hermosos cantos de canarios. ¿Sabían ustedes que si les pones música los canarios cantan?

El abuelo decía que el escandalo de los pericos no dejaba cantar a los canarios, por eso poco a poco los fue vendiendo o regalando. Era divertido perseguir uno que otro pajarito que se escapaba de su jaula y comerme a escondidas las semillas de girasol que eran para las ninfas y los loros.

Aprendí que lo común es que los canarios hembra no canten, pero que hay casos extraños; aprendí a diferenciar hembras de machos, que en la mayoría de las especies los machos tienen colores más vivos y llamativos que las hembras; también aprendí a cortarles las uñas (tarea especialmente delicada) y curarles las berruguitas de las patas. Tuve una infancia linda que viene a mi cada vez que escucho cantar un pajarito.

Con los años nos mudamos a un apartamento y el abuelo vendió casi todos sus pájaros, finalmente algunos años después nos mudamos a la casa en la que hoy vivo y que tiene jardín y arboles. Aquí conocí la belleza de las aves en su hábitat, libres y felices. A diario soy visitada por colibries, azulejos, turpiales y otra gran variedad de pajaritos. La verdad es que hoy en día sería incapaz de encerrarlos en jaulas como los tenía el abuelo, pero cuando los veo pienso en él, en las cosas que me enseñó y en lo mucho que me gustaría que pudiera ver a los habitantes alados del jardín.=•=•=•=•=•=•=•=•=•=•=•=•=

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Fotografía de mi autoría, tomada con teléfono Nokia 111 y editada en Snapseed.

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¡Gracias por su lectura!


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Autor: Isauris

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